Latas de Conserva
Seguí las instrucciones precisas. Decía claramente: utilizar un abrelatas común. Tome la lata con ambas manos a la altura de los ojos. Que tan difícil podía ser. Analicé todos los ángulos posibles. Revisé con precaución cada uno de los ingredientes contenidos. Sencillo. Tome el abrelatas y con un certero movimiento encaje el colmillo afilado en el borde de la lata. Un ligero gas con olor a mostaza pasada entro directo hasta mi memoria.
Era jueves y también invierno. Mi madre no dejaba de toser flemas con sangre. La tifoidea se albergaba en nuestro hogar al igual que los parientes judíos de mi padre. Yo pasaba las horas perdido en la ventana mirando las nubes cargadas con lluvia helada. Arrullaban mis pensamientos las risas graves y los disparos lejanos.
Pero volvamos a la lata. A esa lata vieja que el tiempo guardo entre sus faldas y por supuesto al abrelatas que sostenía con firmeza. Giré la manivela lentamente. La navaja se deslizó entre el metal oxidado cortando cuidadosamente, abriendo una herida histórica, una llaga que supuraba recuerdos. Era una cirugía, una autopsia a un pasado muerto y olvidado.
Mi padre nunca estaba en casa. Mi madre decía que iba a trabajar a la mina. Yo sabía que no era verdad pero no quería destruir la imagen que ella, aún muerta de amor, había construido de él. los parientes bebían todo nuestro vodka y yo tenía que lavar los pañuelos ensangrentados de mamá. Todos teníamos frío en esa época. Recuerdo que el sol jamás brilló dorado aquel invierno. Era una versión albina del astro tratando de atravesar las gruesas capas de nubes congeladas, como una vela que apenas ilumina, como un foco en la sala de espera de un hospital.
Cuando terminé de abrir todo el borde de la lata, la tapa se hundió en el caldo oscuro. Metí los dedos y saqué el circulo metálico. El olor se volvió avinagrado y profundo. El liquido escurrió por mis uñas con la textura de un aceite quemado.
Mamá seguía empeorando día con día. Su cuerpo emanaba un olor agrio al que me acostumbre con el paso del tiempo. Casi no se podía mover. Mientras mis labores caseras se volvían mas complicadas, los judíos no hacían mas que emborracharse y hablar todo el tiempo. Mi madre insistía en la importancia de guardar el secreto. Tan importante como esconder las reservas de comida. Vivimos tiempos difíciles, decía ella, tenemos que ayudarnos entre todos.
No se cuántos años tendría la lata. Los tomates podridos parecen coágulos flotando en jarabe para la tos. Sumergí la mano entera hasta el fondo. Quise sentir los restos pegados en el fondo. Rasqué el metal con desesperación. Invadido por un ansia enfermiza por obtener algo que ya no tenía. Empujé todo el brazo hasta un fondo inexistente. Después metí el otro brazo, el liquido se volvía tibio. Metí la cabeza y sin darme cuenta ya tenía dentro todo el cuerpo.
Cuando encontraron a los judíos , escondidos en el sótano , mi madre me dijo que estaba muriendo. Me hizo entender el peligro en el que nos encontrábamos. Me dio instrucciones precisas. Huye con el resto del dinero y la comida. Tome un pedazo de pan, deje las latas de conserva porque eran demasiado grandes para llevarlas cargando. Cuando salí de la casa caía un aguacero tremendo. El sol se veía rojo y toxico. Las calles estaban llenas de soldados y policía. Algo malo estaba sucediendo, se podía sentir en el aire.
Una vez sumergido nadé entre los tomates despedazados, acariciaba los trozos pútridos mientras me calmaba y me dejaba. Jamás volví a saber padre. Ni de mi madre. Se volvieron una sombra obscura en el pasado. Nunca pregunté nada al respecto. El jarabe tomó el sabor de una época. Lentamente se metía por mi nariz, entibiando mi sangre. Miré hacia arriba. La luz que entraba por la apertura de la lata se eclipsaba. Alguien cerraba la lata. Alguien olvidaba de nuevo.